Largos días de preparativos precedieron a la aventura en la que se embarcaron cierto día de cierto mes de un año indefinido dos jóvenes muchachas con ansias de vida y prosperidad, ignorantes de cuanta calamidad podía interponerse en su camino. Las decisiones habían sido tomadas con alegría y entusiasmo, indiferentes a las penurias que el destino les tenía en reserva para cuando decidieran al fin partir.
Transcurrió con normalidad el comienzo, sin incidencias de ninguna clase, más no tardaron en distraerse con la felicidad provocada por la partida y olvidar algo fundamental: los barriles para provisiones. Raquéfone ya se había adentrado en el rico bosque, más Mariéter reparó en el olvido y se hizo con un barril mágico que se deslizaba siempre con la misma fuerza, sin importar su peso. Empezaron a recoger frutos de los árboles, desde manzanas hasta fresas, sin olvidar unos nutritivos plátanos, pero Raquéfone a punto estuvo de guardar los bienes en el barril de una vieja bruja que, furiosa por la confusión, se interpuso entre la joven heroína y su barril. Tras una encarnizada batalla silenciosa para que las fieras no la percibieran, Raquéfone logró al fin depositar las provisiones en el recipiente, y Mariéter corrió y corrió arrastrándolo tras de sí. Un jabalí se interpuso en su camino, pero las muchachas siguieron con su carrera, llevándose un trozo de la piel del jabalí en su barril mágico.
Ya pensaban que sus desventuras terminarían, pero no: Mariéter logró escalar a una alta montaña y hacerse con un montón de nubes, las que creía necesarias para romper la maldición que atenazaba a una de sus amigas. "¡Tengo 150!" gritó presa de la emoción; mas Raquéfone no la creyó, y enfadada y dolida por la traición miró hacia el cielo "¡NO! ¡ESO ES MENTIRA!" gritó, imitando tan perfectamente a la diosa madre Patinhera que la otra joven cayó de las alturas con un fuerte estrépito. Afortunadamente las nubes la siguieron, y así comprobaron que efectivamente eran 150 gramos de nubes, aunque no separadas en 150 trozos.
Los polvos mágicos que precisaban no supusieron problemas para las dos valientes heroínas, que lucharon con valentía por conseguirlos. Ya salían del bosque, orientándose gracias a unos pájaros migrantes, cuano descubrieron que olvidaban la ambrosía. Y mientras Raquéfone, que tenía una vista privilegiada, vigilaba a los pájaros para no perder la ruta, Mariéter corrió y corrió hasta obtener la ambrosía y regresar corriendo al punto de encuentro.
Salieron ay con sus provisiones y la ambrosía, así como unos huevos de fina porcelana que debían proteger para incorporar al tesoro de su polis. Tuvieron que internarse aun en un abarrotado pueblo en busca de comida y, al salir, abrieron ambas el cofre para comprobar que las pequeñas esculturas siguieran intactas. Las palparon y limpiaron antes de volver a guardarlas, mas una resultaba inamovible y Mariéter, en su intento por desprenderla de su prisión, terminó por partirla a la mitad, dejando su contenido de oro fundido al descubierto. Corrieron ambas por los caminos intentando no verter el oro, sin detenerse siquiera con la nevada ni la niebla, durante la cual Raquéfone casi desveló a una extraña los planes que ella y Mariéter habían de realizar.
Corrieron y corrieron, atenazadas de frío y miedo, mas lograron al fin regresar a sus hogares sin más daños que el huevo partido. Juntas prepararon la poción que habría de salvar a su amiga encantada y, a pesar de las desventuras sufridas, rieron alegres por haber tenido un emocionante día en sus existencias de mortales.
Para Raquel =P Porque hay que tener al menos un huevo roto!
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1 comentarios:
Qué grande Marie, qué manera más épica de relatar una desafortunada tarde cuyo fin era mi propio beneficio!!!
Joder, si es que me tengo que poner cursi... os quiero!! (Hale, venga! xD soy muy emocionable, además con lo de esta noche...)
:-* :-*
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